NACIONAL

Feminismo, pornografía y poder

Entre los años ochenta y noventa del siglo recientemente pasado el lenguaje de los mexicanos se vio “enriquecido” (así, con comillas) por los usos del periodismo de crónica, fundamentalmente por autores como Carlos Monsiváis, que en alguno de sus párrafos cotidianos inventó el término feminicidio como sustantivo genérico para calificar los asesinatos en serie a las mujeres del país, especialmente en referencia a la multitud de cadáveres ubicados en la ciudad fronteriza de Ciudad Juárez, Chihuahua, que hasta hoy continúan impunes y provocando indignación.

Coincide esto con el auge del movimiento feminista y  homosexual de liberación, apoyados y favorecidos por el PRD que había llegado al gobierno del entonces Distrito Federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador; con el habitual aparato propagandístico que éste político acostumbra instituir en torno a su personalidad, rápidamente pasó al lenguaje periodístico y de los medios electrónicos la terminología político-ideológica de ambos movimientos, fundamentalmente en busca del reconocimiento de los derechos que reclamaban como supuesta minoría (como puede ser minoría el 50% de la población: las mujeres?), a esta proliferación idiomática contribuyeron en gran medida los empleados de prensa,y cultura,tanto del gobierno del D.F. como del PRD.

Desde luego en tanto tendencia ideológica, por cuanto ambos movimientos exhiben interés,por el reconocimiento al ejercicio de la sexualidad sin restricciones (sin imposición machista entre las mujeres e ilimitada según los homosexuales), y esto coincide con el auge desmesurado en la difusión de la pornografía expandida por la internet o en desaforada explotación industrial a través del dvd en norteamérica, Europa y el sudeste asiático, que en mayoría proceden a presentar la cópula como un ejercicio del poder personal y por extensión social, donde la figura dominante suele ser el varón ( considerando como rarezas o patológicas aquellas donde el ejercicio del dominio no gravita en el varón heterosexual).

Claro que esta apreciación es necesariamente parcial por la imposibilidad material de conocer la totalidad de la producción porno en audiovisual, aunque sucede algo paralelo con su literatura, donde los asuntos de sexualidad pasaron a ser una parte obligatoria en los escritores a partir de los años sesenta pasados (pienso en Jacqueline Susan e Irving Wallace, principalmente).

Sin embargo el uso del lenguaje atribuido a la interinidad de la pareja fue despojado del espíritu íntimo y bipersonal, trascendiendo a formas particularmente burlonas y vulgares, de lo íntimo pasó al coloquio y a la socialización a través de las reuniones y asistencia a ese sitio público tipo antro o cantina (por cierto que tales sitios pasaron a sustituir al café y restaurante, merced a la ” botana”) y la jerga machista y dominadora, se fue convirtiendo en lenguaje coloquial tanto en varones como en las recién admitidas mujeres a una socialización antes reservada a los varones.

En todo este proceso hay una lógica que se explica tanto por la evolución histórica natural y de alcances mundiales cuanto por vicios de comunicación social que propicia el cambio gatopardista en las costumbres y usos sociales: es decir que aprovechando las demandas de género y de minorías (étnicas o de conducta) acentuaban el.fundamento liberal de la ruptura de restricciones, el aumento de derechos que no se ligó a obligaciones  correspondientes, sino el sometimiento al Estado de derecho, lo que conocemos como statu quo, el sometimiento a la superficie de la legislación vigente, modelada con anterioridad para  que el equilibrio del poder no varíe, o como diría Lampedusa: gatopardear.

Parece insólito o al.menos irregular la relación del auge de la pornografía con ciertas conductas sociales, pero ésto es en función del papel original de la pornografía en la historia. Básicamente la pornografia, según Jaegger, fue una forma de enseñanza entre los antiguos griegos para preparar a sus adolescentes a enfrentar las futuras tareas de la madurez sexual y la formación de un nido familiar dentro  de los cánones morales y religiosos aceptados por la sociedad para formar ciudadanos aptos a ejercer la democracia ateniense.

Con el paso del tiempo y la aparición de la civitas romana el porno dejó de ser un arte didáctico para convertirse en una sátira que exaltaba el ridículo de los cuerpo humanos en comportamiento instintivo, casi bestial, y ridiculizar a personajes públicos como políticos y militares con la finalidad de hacer mofa de su falsedad en la presencia pública, destacando la falsa pompa con que se investían públicamente, y para acentuar su humanidad falible e incluso su condición mortal, un llamado a la integridad encaminada a un orden social más moderado justo, según las exigencias sociales e históricas del momento. Al parecer los excesos de los regímenes imperiales romanos dieron al traste la efectividad del porno, elevando a la calle y los espacios públicos como el teatro y desprestigiar por completo su expresión hasta casi suprimir su significado original y reducirla a ciertas artes exquisitas para decoración.

El siguiente momento de auge para la pornografía llegará con la época de la ilustración y el desprecio por los instintos básicos con la aparición del liberalismo que motivó la Revolución francesa, cuando el pueblo y los artistas populares le utilizaron para satirizar y denunciar a las clases nobles denunciando su igualdad de condición humana a través de la conducta sexual “privada”, que ahora mediada por la moralidad cristiana se comprendía equivoca y excesiva, pero además absurda contra el pueblo por abusivamente egoísta; de esta etapa la imagen dibujada o coloreada se acompañaba de cierta narrativa brutal que acentuaba la condena por exceso en las conductas privadas y de la imagen pública en contraste.

De este período tenemos mayor seguridad por la abundancia de documentos rescatados, los cuales se difundían abiertamente en la plaza pública y porque era una veta de de expresión de donde resultaron obras de pensamiento y narrativa tan importantes como la de Donatien Alphonse Francois, conde de Sade, cuya obra cambia la narrativa insólita de sátira y testimonio con gran profundidad filosófica acerca de  la condición humana muy alejado del pensamiento optimista de contemporáneos tales como Rousseau, todavía sujetos a la nueva moral cristiana.

Ciertamente estos antecedentes permiten comprender mejor dos asuntos actuales: el rechazo de toda manifestación de usos y costumbres sexuales distintas al mandato religioso y de toda manifestación pornográfica y su conocimiento de usos y costumbres distintas a la tradición occidental, europea, es decir una prohibición que permite saber dos cosas acerca de la sexualidad: sus inefables ligas con ciertos instintos del poder y el.dominio así como la orientación en la vida privada de las parejas en ese único sentido para mantener la hegemonía moral.

De hecho con estas evidencias y el reforzamiento de prácticas actuales como el.psicoanálisis sabemos que el.encuentro sexual entre dos o.más individuos es mediatizado por un cierto sentido de competencia y dominio en la sexualidad que llamamos normal y aun en la de tendencias patológicas, con lo que se convierte en un perverso juego de dominio que determina los derroteros de la vida en común, o en buen español determina quién manda en casa y como lo hace.

Según la etología actual esta práctica en la vida conyugal, tribal o de comunidad de clan es común entre los vertebrados superiores, por ejemplo entre félidos y cánidos silvestres ( el lobo y el.león son ejemplos muy explorados), cuya vida en sociedad se basa en un núcleo familiar dominado por los machos y gobernado por las hembras, y al parecer la especie humana ha seguido ese “modelo natural” y así las comunidades humanas se han desarrollado bajo el principio de la fuerza y el dominio mejor que a través del acuerdo, lo que obliga a la conservación de la supremacía del.macho y la acción femenina en función cómoda de conservar el modelo en lugar de orientar la convivencia por la racionalidad libre.

Más allá de esto la proliferación de la pornografía actual, promotora de la hegemonía masculina en el dominio y el ejercicio de la fuerza trasciende en una actitud íntima, y hasta social, de las mujeres que busca y califica a sus parejas según el modelo de fuerza, y fomentan así perpetuar la inequidad y hasta el odio hacia las mujeres y por analogía a los débiles.
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Héctor Enrique Espinosa Rangel

Periodista cultural y crítico cinematográfico. Oriundo de la ciudad de México

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