CRÓNICA

La noche del toque de cajón

La Santería no se estudia en seminarios, sino en el seno familiar, es una forma cultural que se hereda y se va aprendiendo. Se le tiene más confianza a alguien que es del propio núcleo familiar que a quien viene de afuera de éste a… Click To Tweet                                                                                                                   

 

Elementos de la Santeria

 

En la Santería no hay pecado original,

 

La Habana, Cuba, noviembre 20 de 1999. Acabo de asistir a una fiesta santera, un toque de cajón, un toque de muertos. No entiendo mucho de Santería y de allí mi perplejidad ante ritos de los que carezco de referentes específicos. Todo es extraño, mágico, subyugante. Llegué con una amiga que sí profesa estas creencias y por ello pude entrar en la reunión sin ser percibido como un extraño incómodo. Fue en un estrecho callejón del barrio del Cerro, a media cuadra del Estadio Latinoamericano de béisbol en donde hace dos noches se celebró el juego Cuba-Venezuela en el que se combinó la farsa caribeña con la política.

Desde que nos acercamos a la casa se oía el tun-tún de las maderas y las voces un tanto destempladas. La vivienda consta de dos habitaciones de recibo y la cocina. En las primeras estaba un conjunto musical que batía claves, un pequeño metal y sentados sobre tres cajones de madera, los oficiantes los golpeaban rítmicamente con las manos por los lados. Otro llevaba la voz cantante y hacía ademanes enérgicos en un lenguaje que mezclaba voces castellanas con otras de origen africano. El ruido era fenomenal. Al entrar, Regla, la negra que bailaba se echó encima de mi acompañante, presa de una especie de ataque de epilepsia. Las dos se confundieron en un solo organismo convulsivo que daba vueltas enloquecidas frente al conjunto musical. Mi amiga sostenía la embestida de la oficiante que daba muestras de haber perdido el control de su cuerpo. Sobre la piel se le podían percibir los espasmos y las vibraciones, se tiró al suelo moviendo eléctricamente sus extremidades y se arrastró mientras la música se hacía más trepidante e intensa. La levantaron y la condujeron con dificultades a la cocina; allí se volvió a tirar de bruces y se postró ante una gaveta abierta. En el interior de ésta había un cazo con pequeños pedazos de leña y hierros; era “la prenda”, una especie de altar dedicado a los muertos. Es el equivalente al hogar de los romanos.

Y es que todos tenemos un muerto que es el que nos guía en los senderos de la vida. La mujer estaba totalmente bocabajo y continuaba en el frenesí de sus movimientos y eso, me dijeron, era señal de que estaba orando.

En la sala los músicos seguían anunciando que “Con el agua del río, con el agua del mar, con el agua de Yemayá, voy a derrotar el mal” para después seguir con monosílabos parecidos a: “Yo vine al mundo para verlo todo” e invocaciones a Dios. Después de un rato, levantaron a la penitente y un santero, ataviado de blanco, gritó: “Un padre nuestro, compañeros” y acto seguido, procedieron a intentar sacar del éxtasis a la poseída.

“Es que se le montó el muerto”, me explicaron. Se levantó sudorosa y comenzó a volver en sí. La ayudaron sus amigas. Era la del muerto, el motivo de la reunión.

La música seguía y de repente, un joven moreno de unos 20 años sin previo aviso se dirigió al centro del corro a iniciar brincos y evoluciones espasmódicas, también cayó en trance y se golpeaba sin cálculo contra los concurrentes que trataban de atajarlo. Se tiró al suelo y de su fuerte musculatura desnuda subían carnes trémulas cual si fueran atacadas por descargas de energía y gritaba tal que si estuviera en plena selva. Se arrastró por el piso y los movimientos eran más fuertes y precisos. Pidieron “el perfume” y lo frotaron, pero no recuperaba el conocimiento. Lo llevaron a la cocina y lo sentaron. Le aplicaron alcohol con una gladiola y ni así daba señas de volver. Una negra de vestido oscuro floreado –el dibujo se parece al de nuestros rebozos mexicanos- hacía prevalecer su voz profunda, que parecía provenir del centro de África y daba instrucciones a la vez que se desplazaba con seguridad de mando. Hablaba en una versión acortada de portugués. Pensé que era brasileña, pero me aclararon que es cubana, solamente que el que habla por su voz es el muerto que se le ha montado. Requiere traductora para hacerse entender por la concurrencia y en este menester le auxilia una señora mayor versada en estos cultos. La negra intenta alivianar al primer joven sin conseguirlo totalmente.

Adosado a la pared hay un altar; sobre él un muñeco negro de vinyl vestido de rojo, es Changó o Santa Bárbara, Santo al que está consagrado el joven que en este preciso momento está en la quinta dimensión o tal vez más allá y es hijo de la negra que pagó la fiesta. Esta señora sufragó los gastos porque Regla, la festejada, le hizo un trabajo: Invocó a Elleguá – el que abre y cierra los caminos- el guerrero, para que el muchacho resolviera un problema judicial. Es barbero y cobra en fulas –dólares- pero es pendenciero y fue arrestado por las autoridades. Las mayores le reprochan que antes de montarse el muerto haya estado ingiriendo ron y por eso es más difícil controlarlo.

Andaban en este trajín cuando escuché un estrépito a mi lado, un frote violento, sentí un golpe de aire tal si un ave hubiera alzado el vuelo de súbito: una negra joven, vestida de minivestido blanco y con espejuelos que estaba a mi derecha, comenzó a brincar caóticamente; es otra que ha entrado en contacto con su muerto. Se azota de uno a otro lado de la pieza y pierde los zapatos y los lentes. Las damas presentes tratan de amortiguar los golpes ubicándose entre la convulsa y las paredes. La muchacha brama y llora. Tiene los ojos cerrados, pero le escurren lágrimas por las mejillas. Hay dolor en sus muecas y me pongo a pensar si en verdad está sufriendo o goza. Nunca los abre y mientras tanto, la tensión ha despertado varios polos; las descargas emocionales se presentan simultáneamente en varios frentes. Los músicos callan porque aquello sube al delirio. Se afanan los apaciguadores. En un vaso de agua se vacía un poco de perfume. La mezcla sirve para despojar al poseso del muerto que lo ha poseído. Le avientan buches sobre la cara y le aprietan los hombros. Colocan a la negra joven en una silla y parece que poco a poco va a recuperarse. Se queda un rato pacífica y viendo al vacío. En la cocina procuran revivir al joven barbero, pero el alcohol ingerido impide su regreso. La negra del vestido oscuro sigue vociferando en portugués, un lenguaje que desconoce en la vida diaria y trae entre las manos unas yerbas que agita repetidamente; calla a los músicos y les impone los cánticos que han de proseguir. Éstos portan diversos uniformes; dos de ellos traen gorritos rojo y negro de Elleguá, el señor que abre y cierra los caminos y otros van de azul que es el color de Yemayá –la Virgen de Regla- y los de blanco –color de Obbatalá, la virgen de La Merced- es que están en el año de noviciado para alcanzar la condición de Santos.

Los músicos –no hay mujeres entre ellos- hacen breves pausas y algunos toman buches de ron para refrescarse la garganta. La gente solamente fuma cigarrillos. El espacio disponible es pequeño y la mayoría somos espectadores, pero todos estamos traspasados por la energía que se ha desatado entre los golpes de cajón, las voces selváticas y los malabarismos de los convulsos.  Me entero que al principio de la Revolución estas ceremonias estuvieron prohibidas y se hacían con discreción y recuerdo haber leído que durante la Colonia, los grupos de negros esclavos las practicaban en los barracones del batey; era la manera de revivir el paraíso perdido del que fueron arrancados por los españoles y los portugueses para traerlos desde Nigeria y otros países a cortar caña. Entre las caballerías del cañaveral nadie los entendía ni procuraba hacerlo.

Según testimonios recogidos por el periodista Roberto Céspedes Blanch, el 70 por ciento de los cubanos están vinculados a la santería y al espiritismo, una mezcla de ritos africanos y cristianos y existen versiones de que el comandante Fidel Castro está protegido por Obbatalá o, según otras versiones, es discípulo de Yemayá –la Virgen de Regla, de color azul- y que Celia Sánchez, su más estrecha colaboradora de principios de la Revolución era santera practicante.

La Santería no se estudia en seminarios, sino en el seno familiar, es una forma cultural que se hereda y se va aprendiendo. Se le tiene más confianza a alguien que es del propio núcleo familiar que a quien viene de afuera de éste a predicar. Los hombres llegan a ser Babalaos, que es la autoridad máxima y las mujeres son Santeras, pero cada uno tiene funciones específicas. En la Santería se deposita la fe en la protección contra la enfermedad y el hambre; los dioses son aliados de los santeros que “miran” el pasado y el porvenir y protegen contra el mal y los enemigos. Los orificios de los caracoles representan ojos, oídos y bocas cuando son lanzados en una consulta sobre una mesa, ellos ven y hablan lo que está oculto.  “La Mandinga” es la cazuela en donde se guarda la “prenda”.

Los santeros me dicen que es mentira, pero existe la versión de que para ligarse a un hombre, las mujeres practican un “amarre” con “aguaebollo” que es un bebedizo que se prepara con sangre menstrual y que se le ha de dar de beber a la presunta presa. La leyenda del preparado tiene su gracia. Un “resguardo” es la protección que te otorga una deidad.

En el momento en que la murga entona un canto relativo al año que se acaba, se indica que la celebración está por concluir. Se enciende una vela y se elevan las manos en alabanza hacia el cielo para que la luz nos ilumine en el camino de la vida. Algunas señoras se despiden porque dejaron la comida en la candela y otros se preparan para irse. El grupo musical Güiro, integrado en 1974, es del Cerro y sus integrantes se citan para ensayar el martes a las seis.

La “brasileña” ha recuperado el conocimiento y se ríe cuando le dicen que yo pensé que era portugués el lenguaje que estuvo utilizando. No me queda duda alguna de que es cubana. Se reparte caldosa en vasos encerados que se llaman pergas. El calor del bebedizo derrite las junturas de los vasos de cera y la gente aprueba el sabor del líquido que es de aspecto turbio.

Nos despedimos y Regla no pierde la oportunidad de subirse el carro, siquiera para entrar por una puerta y salir por otra. Tal vez es la primera vez que se monta en un automóvil. Le damos una vuelta a la manzana y ella se alborota y grita: “Me voy a México, Mi Santa, allí te encargo la casa” y da rienda suelta a su alegría. Me invita a que regrese las veces que quiera y si es en carro mucho mejor, para darle un paseo.

Los Santeros me invitan a que me “raye” para tener mayor protección en el curso de la vida. Para ello hay que sacrificar unas palomas y otros animales menores y se me harán pequeñas incisiones en los brazos, nada que sea demasiado sangriento, pero voy a estar mejor blindado contra los males que a todos nos aquejan. Si me hago los Guerreros, eso simplemente consiste en que le hagan “un trabajo” a mis guerreros, que es un amuleto sobre los que ellos van a practicar algunos sortilegios. Los guerreros son cuatro: Elleguá, Ochosi –el que abre y cierra la cárcel- Eso cuesta poco, porque eso sí, todo tiene un precio y los santeros cobran honorarios por su desempeño al igual que los músicos.

Para hacerse Santo, hay que pagar seis carneros, seis gallinas y otros animales, además la comida para una semana; vestirse de blanco por todo un año y las mujeres se rapan la cabeza.

Nicolás Guillén dice que la música afrocubana no existe. Lo que hay es la africana y la española y al juntarse producen la cubana. Se debe decir música afroespañola que viene siendo propiamente la cubana. Hay que precisarlo para abandonar imprecisiones.

De mí dicen que mi Santo es Elleguá, porque soy el que abre los caminos. Ochosi es que abre la cárcel, Oshún es la Virgen de la Caridad del Cobre cuyo color es el amarillo y San Lázaro es, simplemente San Lázaro y existen dos representaciones cuyo significado todavía ignoro, pero es, evidentemente un protector de la Salud.

En el santuario de Rincón, a unos diez kilómetros de La Habana, junto al leprosario, hay una fuente donde la gente se moja las extremidades y llena botellas de agua milagrosa. Al frente del templo existe una ceiba y allí es posible encontrar imágenes de San Lázaro de yeso descuartizadas. La gente va y las rompe allí si el Santo no hace los favores, en muestra de reproche. A San Lázaro hay que encenderle 17 velas. Llega uno ante el altar, las prende, reza y al poco tiempo, las apaga. La parafina, casi completa, es vaciada en una bolsa de plástico para refundirse nuevamente. Un próspero negocio sin alguna duda.

En la Santería no hay pecado original, así es que el sexo es libre porque es requisito de la fecundidad, tan abundante en las feraces selvas africanas. Es por eso que en Cuba se práctica el amor carnal sin inhibiciones, con la gracia y la cadencia del ritmo de tambores. Viene desde el alma de los árboles del África profunda.

Frente a esto, poco pueden hacer las rigideces bíblicas surgidas del desierto de Judea y los fanáticos cristianos.

Gilberto Calderón Romo

Gilberto Calderón Romo, oriundo de Aguascalientes, estudió en la UNAM Ciencias Políticas y trabajó en los gobiernos de su entidad de nacimiento y en el de Quintana Roo, así como en diversas dependencias y organismos del gobierno federal. Es autor de libros humorísticos y eróticos.

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