CUENTO

El tic

—Estoy lista —gritó, luego susurró— ¿Lista para qué, para quién?—Mariana se tendió de nuevo en la cama para esperar la entrada de la masajista. Click To Tweet

 

El temblor del párpado seguía…

 

Mariana, echada boca abajo sobre la cama, daba señales de vida sólo por el temblor del ojo izquierdo y el movimiento lento de sus labios de vez en cuando. Ese día su cuerpo estaba despoblado. Se escuchó en la lejanía la campanilla de entrada. La voz de la mucama anunció el arribo de la masajista.

—Ofrécele algo de almorzar mientras busco la bata —dijo con la voz seca de quien ha fumado más de la cuenta. Se dio vuelta, acarició su vientre y se sentó en el borde. El ojo volvió a cerrarse y abrirse sin control y le dedicó ese pensamiento:

—¡Quién fuera tú para hacer lo que quiere! —mientras encendía el último cigarro de esa cajetilla, destapando otra y agachándose para sacar una botella del buró. Llenó el vaso, bebió dos tragos largos. Se incorporó al ver la sangre detenida en su camisón. El temblor del párpado la distrajo de la mancha, lo contuvo de un manotazo.

—¡Basta! O, ¿tienes miedo? —se posó frente al espejo para confirmar que los estragos eran sólo interiores.

—¡Ya terminó de desayunar Pina! —la interrumpió la voz de la sirvienta— ¿Qué pase?

—Dame un momento… —Cambió el camisón por otro más vaporoso y sin rastros de su pérdida, paladeó el líquido que acababa de servir.

—Estoy lista —gritó, luego susurró— ¿Lista para qué, para quién?—Mariana se tendió de nuevo en la cama para esperar la entrada de la masajista.

—Hoy sóbame suave sólo las piernas, hombros y cuello Pina, mi vientre está dañado —la mujer respondió con la cabeza, sacando los afeites de la maleta.

—¿Cómo están tus hijos y tus nietos? —lo dijo encendiendo otro cigarrillo.

—Como siempre… alejados. Sólo me buscan cuando me necesitan —le entregó el vaso a la mano extendida y acercó el cenicero. Mariana dio un vuelco en la cama, con la mano ahuecada se cubrió la mitad del rostro.

—Tal vez cambien, yo hoy quisiera hablarle a mi madre y no sé ni dónde buscarla  ̶ modificó el tono de su voz y agregó ̶ ¡No aguanto este tic! ¿Qué se hace en estos casos? ¡Contéstame! —gritó desesperada.

—Bueno, yo me tomo té de Tila y dejaría el cigarro y el vino.

—Cada quien se relaja de maneras distintas. Guarda tus cosas, hoy no estoy para masajes —se sentó en el sillón con botella en mano.

—Cambiamos con el tiempo. ¡Vaya qué cambiamos hasta de anatomía, mírame! —las palabras rebotaron en las paredes y su ojo continuó temblando.

Luisa Velasco

Nació y creció en el desierto, como cactus o biznaga requiere de pocos cuidados. Por requerimientos económicos, estudió la Normal y se integró a la plantilla laboral nacional. Se especializó en el Sistema Waldorf, implantado en Alemania; terminó la licenciatura en Historia en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la maestría en Historia de México en la Universidad Latino Americana y la licenciatura en Artes Visuales en el Centro Morelense de las Artes, porque los vientos del desierto la condujeron al Distrito Federal desde hace mucho tiempo y la mujer, decidió dedicarse al arte. Hoy escribe cuentos.
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