CUENTO

La novedad

Una mujer madura, dejando de ver hacia donde todos los ojos apuntaban, le sonrió e hizo un ligero coqueteo con sus labios carnosos Click To Tweet

 

No interesa lo pequeño que parezca el comienzo

lo que importa son las sorpresas que lo acompañan, se repitió Juan ese día como los anteriores y salió encaminando sus pasos hacia la terapia. El dolor que se irradiaba desde la muñeca hasta la mano entumecida, era insoportable y recaer, un tormento. ¿Cómo sucedió? ¿Qué hizo? El mouse de la computadora, imposible negarlo, de la que no se ha despegado desde que lo dieron de alta después de la operación de túnel del carpo.   

Apenas avanzó un tramo cuando decidió no caminar. Condujo el automóvil con lentitud, no le importaban los ruidos estrepitosos de los autos traseros, Juan no tenía prisa. Le gustaba ir a pie para disfrutar del aire fresco y sucio de la mañana sobre su cara, sólo que estaba agotado. Al llegar al consultorio, tuvo que esperar más de media hora. Al finalizar los 45 minutos de tratamiento, recuperó su altura con ligeros estiramientos; pasó al baño a enjuagarse las manos que sentía pegajosas por el químico utilizado por la terapeuta, las sacudió tres veces, como siempre antes de secarlas, otra de sus obsesiones: el consumo irracional de papel. Era temprano todavía para sentarse frente a la pantalla de su herramienta de trabajo. Decidió detenerse a comprar café, estaba por terminársele en casa; en las últimas semanas se había convertido en el único líquido que consumía, casi su alimento, el dolor le quitaba el apetito. Pidió su kilo de “mezcla de la casa”. Se acomodó en una mesa del interior. Le gustaba la decoración rústica del sitio, paredes blancas, pisos colorados y amplias ventanas, solicitó al mesero una taza de la misma combinación, sabiendo que le daban dos por el mismo precio. Aunque no era la hora acostumbrada de hacer su compra, le sorprendió ver tantas mesas ocupadas en la parte externa de la cafetería, casi puros hombres mayores con periódicos extendidos cubriéndoles el rostro, aunque no lo suficiente para comprobar que la mirada iba en otra dirección. Una mujer madura, dejando de ver hacia donde todos los ojos apuntaban, le sonrió e hizo un ligero coqueteo con sus labios carnosos, fue instantáneo, de inmediato, sin esperar respuesta, apartó su vista de la de él para posarla de nuevo en el punto aquel que atraía la curiosidad de los parroquianos. Al principio sólo se preguntó ¿qué les llamaba la atención hacia aquella esquina? Sin necesidad de voltear, repasó en su mente el mapa del pequeño conjunto comercial; en la entrada, la tintorería, a donde debe traer el traje gris, luego la farmacia y al fondo, la cafetería donde se encontraba disfrutando el último sorbo. ¿Algún herido? Ingirió el café y miró hacia la mujer. La curiosidad le invadió con preguntas inquietantes mientras consumía de prisa la segunda taza. De reojo, notó que ella pedía la cuenta. Juan hizo lo mismo, salió del establecimiento. No se contuvo, volteó y se encontró con la novedad: donde antes estuvo la farmacia ahora parpadea otro anuncio con letras grandes y coloridas donde se puede leer:

Sex-Shop.

Luisa Velasco

Nació y creció en el desierto, como cactus o biznaga requiere de pocos cuidados. Por requerimientos económicos, estudió la Normal y se integró a la plantilla laboral nacional. Se especializó en el Sistema Waldorf, implantado en Alemania; terminó la licenciatura en Historia en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la maestría en Historia de México en la Universidad Latino Americana y la licenciatura en Artes Visuales en el Centro Morelense de las Artes, porque los vientos del desierto la condujeron al Distrito Federal desde hace mucho tiempo y la mujer, decidió dedicarse al arte. Hoy escribe cuentos.
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