CUENTO

Historias de la calle tardo-moderna.

Al siguiente día, vi al perro fracturado, lo comencé a alimentar y a curar cuando el vecino que quería ver su calle limpia, salió a chillar sobre la suciedad que causaban los perros: Click To Tweet

 

El buen Pavlov era  un cachorro de raza desconocida que jugaba  conmigo por horas, tenía esa alegría natural que los duros rostros humanos difícilmente enseñan en sus gestos.

Un perro que  parecía sonreír todo el tiempo,  me seguía a todos lados por ser el único bípedo que le mostraba algo de compasión y le compartía  comida y agua. Pavlov nació y creció en la calle, vivía en un callejón junto a varios perros.

Diario pasaba por la porción de comida que le obsequiaba, la fábrica donde trabajaba en esos días estaba enfrente de su callejón. Pavlov era un cachorro alegre, un mal día se metió a la casa de uno de esos vecinos que piensa que los perros callejeros son una plaga, Pavlov aunque vivía en la calle, convivía con  humanos que le alimentaban o lo acariciaban.

Al siguiente día, vi al perro fracturado, lo comencé a alimentar y a curar cuando  el vecino que quería ver su calle limpia, salió a chillar sobre la suciedad que causaban los perros:

-Estos perros sucios deberían ser sacrificados, ayer tuve que apalear a uno. Y usted les alimenta ¡lárguese de aquí o saque a todos los perros de mi propiedad!

-¿El callejón es su propiedad? Respondí con calma pero esbozando una sonrisa maligna.

– No, pero si es la imagen de la entrada de mi propiedad.

¿ O sea que usted fracturó al perro porque entro a su propiedad privada? Repliqué con sorna.

– Desde luego que sí, alguien tiene que hacer algo con esta plaga.

– Considero  deberíamos fracturarlo a usted por disfrutar de la crueldad.

– Pero como se atreve, yo soy un humano, yo tengo derechos y razón.

–  También es un imbécil que no acepta que el hombre es el único animal que extermina  todo lo que toca, si es capaz de hacer daño a un animal porque ensucia sus objetos , estoy dispuesto a batirme en un pugilato con usted despreciable bípedo enano. Replique gritándole.

-¡Váyase al diablo! Chilló mientras movía sus brazos cortos.

– Si existe un infierno, ojalá sea el Hades, y usted sea  la cena del perro de tres cabezas Cerbero. Contesté con furia.

El viejo nauseabundo corrió a su casa gritando improperios, un cobarde siempre lástima a aquellos que cree no lo lastimarán de vuelta.

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Alejandro Marengo Pérez Duarte

Mendigo de sueños, distópico, surrealista.   La enajeción desiderativa a la mercancía dinero, se paga siempre con libertad.

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