CUENTO

Un sábado por la noche


Cuento Nupcial

 

No gastaron un peso, pero lo que obtuvieron no lo compra una fortuna. Había sonado ya la última llamada y yo devoraba a zancadas la media cuadra que me restaba para llegar a la capilla. Era sábado casi noche, y yo quería poder pasar el domingo sin salir de casa, así que iba a misa el sábado para cumplir este propósito.

 

Entré cuando el sacerdote hablaba algo a una pareja que ocupaba unos reclinatorios frente al altar. ¡Oh, no! Es una boda, pensé. No me gustan las bodas, y menos las ajenas, porque son tediosas y alargan mucho la ceremonia. Pero algo no encajaba con esta idea; no había alfombra, no había flores, y si bien no llegué a tiempo, si pude oír desde la calle que la música que el órgano hizo sonar de entrada, no era ninguna marcha nupcial. Además, la feligresía parecía la de siempre. Nadie ataviado con ropa de fiesta, ni peinados de salón, ni vestidos largos, nada; simplemente un hombre y una mujer oyendo las dulces palabras del sacerdote.

Por fortuna encontré un lugar apenas en la penúltima banca, y tomé asiento luego de persignarme.

La Misa siguió su curso, y los cantos que proponía el cantor eran los comunitarios de siempre; las lecturas y el Evangelio las propias de la fecha.

Pero llegado el momento… ¡Sí que era una boda! Pero… salvo las arengas de costumbre, “yo, fulano, te acepto…” “yo, zutana, también…” etc. No hubo lazo, no hubo arras tampoco, pero creo que son mero simbolismo, no son requisito sine qua non para el matrimonio; anillos creo que sí los hubo, y si bien el novio portaba un ramito de azahar prendido con un broche a su limpísima camisa blanca (no llevaba saco ni corbata), la novia en vez de algún vistoso y kilométrico velo, cubría su cabeza con un pequeño pañuelo blanco, eso sí, de un delicado trabajo de deshilado, y sus manos aprisionaban un pequeño ramo de margaritas naturales. El calzado de ambos, que presumían los incontables kilómetros ya recorridos, debido a un prolijo aseado, reflejaban los brillos de las luces que iluminaban el altar. No, no se encendieron los candelabros de lujo de la nave central; apenas el sencillo candil de 8 foquitos que pende sobre al altar, y que se enciende solamente los domingos, o días festivos. No me gustan las bodas, pero esta sí que empezaba a gustarme, por lo menos logró captar toda mi atención.

La novia, se veía, no se hubiera cambiado por nadie. El novio irradiaba satisfacción. Ambos hacían apología a la renovada frase: Dos cuerpos en una sola  alma.

No hubo padrinos ni paje; si acudieron los padres y amigos de los novios, se cuidaron muy bien de no exhibirse, porque al término de la Ceremonia, salió la núbil pareja con paso normal, bebiéndose los ojos el uno de la otra… sin aplausos, sin arroz, sin flores, sin abrazos, sin fotografías…

Y sin más, tomados de la mano echaron a andar calle abajo.

Creo que esa noche, un poco de miel fue su luna.

Jesús Consuelo Tamayo

Estudió la carrera de música en el Conservatorio Las Rosas, en Morelia. Ejerce la docencia desde 1980 Dirigió el Coro de Cámara Aguascalientes desde 1982, hasta su disolución, el año 2003. Fue Coordinador de la Escuela Profesional Vespertina, del Centro de Estudios musicales Manuel M. Ponce de 1988 a 1990. Ha compuesto piezas musicales, y realizado innumerables arreglos corales e instrumentales. Ha escrito los siguientes libros: Reflejos, poesía (2000); Poesía Concertante, (2001); Guillotinas, poesía (2002); A lápiz, poesía (2004); Renuevos de sombra, poesía (inédito); Detective por error y otro cuentos (2005); Más cuentos (inédito); Bernardo a través del espejo, teatro (2006); Tarde de toros, poesía (2013).

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