AGUASCALIENTES

Nos quedamos a deber en la elección municipal; ¿Qué sigue?

Seguramente usted ya está al tanto de cómo terminó la jornada electoral del domingo anterior, 2 de junio, y que para nosotros los aguascalentenses el punto de mayor relevancia es la reelección de Teresa Jiménez Esquivel, que la coloca ya desde ahora en un lugar preponderante la línea de sucesión de Martín Orozco. Si no conoce los datos, y desea enterarse, aquí está la liga que lo llevará a la página del PREP: https://bit.ly/2W9xay9.

Frente a los disímbolos resultados que arrojaron las elecciones efectuadas en seis estados del país, vale la pena reflexionar qué tanto pesaron las marcas partidistas y cuánto influyeron las personas. Dicho de otro modo: en Aguascalientes, por ejemplo, ¿ganó Tere y perdió Arturo Avila (et al), o ganó el PAN y perdieron los demás partidos? ¿Por qué el PAN perdió Asientos? ¿Por qué la marca Morena, y la izquierda en general, sigue sin prender en nuestra entidad —que en muchos sentidos y por fortuna se mantiene como una ínsula— pero tampoco impactó en Tamaulipas o Durango? ¿Por qué el partido del Presidente logró ganar la gubernatura de Puebla con un candidato como Miguel Barbosa, y con otro como Jaime Bonilla, la de Baja California, y sin embargo aquí no consiguió el triunfo municipal, a pesar del despliegue de recursos?

Por cierto que Aguascalientes, su población, sigue cargando con el sambenito de “mocho”, que le endilgan hasta muchos de los aquí nacidos o radicados, quienes luego no tienen empacho en pontificar que nos “civilizaron” los capitalinos que llegaron en 1985, con su mente abierta y liberal. En fin.

Grosso modo, Morena sufrió un retroceso en todo el país en cuanto a números absolutos de votación, mientras que en contraparte el Presidente López Obrador mantiene altos los niveles de aprobación, según la diaria medición que realiza Consulta Mitofsky (https://bit.ly/314oAof).

¿Cómo fue que el PAN perdió Baja California (en donde, por cierto, me tocó cubrir para el ABC de Tijuana la toma de posesión de Ruffo Appel), siendo que sus habitantes se sienten desde siempre tan desvinculados del “centro”, un centro hoy dominado por Morena?

Que yo carezca de una lectura certera de esas aparentes contradicciones “no tiene la menor importancia”, diría aquel actor Arturo de Córdova. Pero que no lo interpreten debidamente los partidos y candidatos puede marcar la diferencia entre la victoria y la derrota, como en efecto ocurrió en Aguascalientes, pues de ello deriva la estrategia a seguir.

Ya se sabe que el éxito tiene muchos padres y el fracaso no tiene madre, así que dejemos a los que reclaman la paternidad del triunfo de Tere Jiménez dilucidar lo propio. Veamos del otro lado de la cancha, donde encontraremos que Arturo Ávila y sus patrocinadores calcularon mal, pues la campaña morenista se movió entre el victimismo personal y el triunfalismo fundado y recargado en la figura de López Obrador, cuya sombra, o luz o fronda según se quiera ver, no alcanzó para cubrir a todos los candidatos de su partido.

¿Será que a Ávila lo engañaron, y por eso a lo largo de la campaña se manifestaba hasta insolente de tan seguro que se decía de triunfar abrumadoramente, e incluso a las 18:14 horas del domingo todavía proclamó la victoria, en una conferencia de prensa en la que estuvo acompañado de un cabizbajo Manuel de Jesús Bañuelos, suplente en la fórmula? Si no fuese porque ya no es políticamente correcto, podríamos decir, como antaño, que a Ávila Anaya “lo engañaron las húngaras”.

Lo hubiera vestido más, y hasta habría quedado en buena posición para futuras oportunidades, el asumir con entereza y espíritu democrático el tan claro resultado, y no actuar como los políticos tradicionales, con una necedad marca “me canso ganso”, insistiendo en el triunfo propio y pretextando triquiñuelas en la victoria ajena.

Seguidores de Ávila estaban en la misma sintonía que su candidato. Sobrados, soberbios. Como las nubes de José Alfredo, ya ni sabían mirar para abajo. Bien harían en incluir en su dieta una dosis de humildad.

Fue una elección en la que mucho nos quedaron a deber los protagonistas principales; o quizá sea mejor decir que nos quedamos a deber todos, desde las instancias electorales con sus estériles debates (la organización de los comicios les salvó la honra), hasta los candidatos con la falta de claridad en sus propuestas, los ciudadanos con su apatía, los medios con sus confusas “informaciones” y la divulgación de encuestas amañadas…

A numerosos ciudadanos sin duda les va a durar más la tinta en el pulgar que el entusiasmo por el proceso, porque creen que su voto del domingo fue una monumental contribución a la democracia. Superada la “ley seca”, conocido y aceptado el resultado, entregadas las constancias, supondrán que ahí termina todo, cuando debiera ser el comienzo, si es que deseamos, tanto como la necesitamos, una democracia participativa y no electorera.

Javier García Zapata

Docente y periodista. Maestría en Educación y Neurocognición. Licenciatura en Periodismo. Estudios en Letras Hispánicas.

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