EN EL DIVAN

La Dispersión

La dispersión es ese diálogo interno sin el menor sentido, surge en los instantes en los que mi vida es tan ordinaria, tan predecible, se alimenta cuando mi vida sufre la asfixia de su libertad Click To Tweet

 

La dispersión: divagaciones en la soledad de una cama de hospital

 

Inspirado en la filosofía de  Byung Chul Han y en mis días solitarios en  un hospital público…

La insignificancia es pareja  de la soledad, son un matrimonio que pelea todos los días y se lleva mal pero no se atreve a divorciarse, el desencanto los une porque  les divierte cuando lo observan en un mortal.

No existen peores acompañantes para   morirse que la insignificancia, el olvido y el abandono. No existen personas más tristes que aquellas que nadie quiere ver antes de que  desaparezcan por siempre, no existen personas más tristes que aquellas personas que ya no importaban nada, ni a nadie en vida, aquellos individuos que no merecen la lágrima de nadie, ni el lamento, ni el funeral, ni la condolencia, ni los homenajes.

Aquellos individuos cuyo destino inclusive es la fosa común, de historias así están repletas estos hospitales públicos; como aquel misterioso anciano de cara triste y ojos hundidos en la distancia, me contó en el pasillo del hospital  durante mi convalecencia que su mejor amigo en su opinión terminó muriendo de soledad; un día ordinario en su sillón viendo su televisor junto a sus perros, lo encontraron meses después, la insignificancia había seducido a todas las personas que conoció, eso le daba mucho miedo antes de morir, nada importaba, nadie importaba, la vida era este cuarto repleto de esqueletos delirantes.

Observaba y escuchaba  atento la desgracia ajena y propia en los pasillos de los hospitales públicos, escuchaba al melancólico anciano preguntarse por su soledad tan grande repleta de insignificancia, si, el matrimonio que nunca se lleva bien, como incómoda ser insignificante a la especie humana, como molesta a la soledad el dicho preferido de la insignificancia:  ¡No importas, ni tu, ni tus actos, los demás están demasiado ocupados consigo mismos!

Sucede  tan de prisa mi existencia, mis días , el día y la noche, el movimiento de las figuras de las nubes, suceden tan de prisa  mis acontecimientos diversos resumidos en pequeñas pantallas, mi necesidad incubada de buscar distractores, entretenimientos, sucede tan de prisa el mismo amor.

Las pastillas para dormir  que me ofrecen para no sentir el vértigo, ante el exceso de emociones y sensaciones; ante la angustia, su receta es la parálisis y el sueño, el televisor está encendido en un hospital público y sucio, algo parecido a un hospital de guerra repleto de camillas, el televisor está encendido  para evadir el terrorífico silencio repleto de insatisfacción en la antesala de la muerte.

¡Y nada es relevante! ¡nada importa en los pasillos de los hospitales públicos para los pobres! Sólo se observan móviles  y televisores, las agonías más desesperadas e insignificantes.

La dispersión es ese diálogo interno sin el menor sentido, surge en  los instantes en los que mi vida es tan ordinaria, tan predecible, se alimenta cuando  mi vida sufre la asfixia de su libertad, la existencia es insignificante cuando sólo se utilizó para trabajar y para sobrevivir, todo acontecimiento , toda  persona, está impregnada de olvido, por esto las redes sociales están repletas de fotografías, de nostalgia, porque venden la ilusión de que la humanidad permanece, importa, de que los humanos tienen afecto entre si.

Y no, no importa la humanidad aunque tengamos redes sociales, los hospitales públicos siguen igual de vacíos y terroríficos por las noches, como los olvidados cementerios,. No importa a un humano  exterminar una mosca molesta , la humanidad nunca ha sido compasiva consigo misma, los humanos sólo aman a los bípedos que les dan: sonrisas, placer, alegría, dinero, satisfacciones, la humanidad restante podría desaparecer  para ellos mañana.

El tiempo para el hombre tardó moderno  es un vago despreciable de ciudad, un estorbo  discriminado; un vago que tropieza contigo durante tu acelerado trayecto por la ciudad, y no sólo eso, al caer se fractura y te causa un inconveniente, ese maldito estorbo  improductivo es el tiempo. No tiene el menor sentido para el transcurso de sus días que restan, no tiene esperanzas, no tiene porvenir, solo estorba, permanece tirado y fracturado después de tropezar contigo,  el tiempo es un vago ebrio y despreciado cuya existencia no tiene el menor sentido, la menor importancia para el hombre ordinario y productivo.

Por esto las personas ordinarias y rutinarias no soportan  a los vagos, ni el transcurso del tiempo, ambos no tienen sentido para la sociedad, son absurdos . Por esto los perros vagabundos y los humanos vagabundos hacen una armonía tan pura, no se demandan nada entre ellos a diferencia de  los humanos capitalistas , post industrializados, acostumbrados a la liquidez , al interés cambiante dentro de su ser, a la sagrada comodidad, los vagos y el transcurso del tiempo describen perfectamente el absurdo que este último representa, el tiempo es breve y acelerado, absurdo y despreciado, el tiempo es un desperdicio para el hombre productivo no es oro, el pasar del tiempo le causa terror como la pobreza y la absurda rebelión del vago irresponsable.

La aceleración es sólo un síntoma del alma del trabajador acomodaticio pequeño burgués , el mundo no va de prisa,  es mi pensamiento disperso, mi mente distraída , la insignificancia de mis palabras y actos, de mi vida; el vértigo es esta  sensación melancólica de constante pérdida, mi abulia ante el semejante, mi deseo imposible, la pérdida de mi inocencia, mi caída en la decadencia, este cáncer del alma que es una tristeza que hace metástasis, la liquidez de mi amor y  de mi época, el amor liquido, la sociedad líquida, la vida basada en placeres , en entretenimientos, la vida frívola y cómoda, los aburridos intentos de pequeño burgueses que somos los pobres, más insatisfechos por sólo merecer acceso a lo público y no a lo privado , se supone que la vida y el mérito determinó lo anterior . Esta sensación de ir demasiado de prisa sólo es un síntoma de mi dispersión, de mi insignificancia, de mi imposibilidad para ser feliz, la dispersión y la enajenación  son síntomas de la infelicidad crónica, de lo baladí de este tiempo, de esta generación indigente de sentido y propósito, de esta superficialidad necia de querer importar, de esta vanidad que nos tiene rodeados de necesidad y soledad, de insignificancia, una era de pensamiento irrelevante que desea plenitud durante el tiempo en que la religión mas dogmática e irrebatible es el nihilismo, con escasos literatos y filósofos, un tiempo de neuronas sin alma, de espíritu sin creencias, de técnicas y manuales para morirse,  una era de supuesto progreso que supuestamente esta muy alejada del ideologizado y religioso medioevo, morirse en este insignificante inició de milenio, me deja la impresión a veces, la obscura reminiscencia, como si hubiera vivido en el 1019.

Alejandro Marengo Pérez Duarte

Mendigo de sueños, distópico, surrealista.   La enajeción desiderativa a la mercancía dinero, se paga siempre con libertad.

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