OPINIÓN

Entre la unión y la fractura: El choque de civilizaciones

Es humano odiar. Por propia definición y motivación, la gente necesita enemigos: competidores en los negocios, rivales en el rendimiento académico, oponentes en política. Desconfía de forma natural y ve como amenazas a quienes son diferentes y tienen la capacidad para hacerle daño. La resolución de un conflicto y la desaparición de un enemigo generan fuerzas personales, sociales y políticas que dan origen a otros nuevos. «La tendencia a un “nosotros” contra “ellos” es —como dijo Ali Mazrui—, casi universal en la arena política». (Huntington, Samuel P. 1996. El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial)

En 1996 el mundo académico y político preocupado por las relaciones internacionales y sus retos para la integración política y económica de las naciones, conoció una serie de ensayos agrupados bajo el título “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”, obra que recoge algunos apuntes del pensamiento del politólogo norteamericano Samuel P. Huntington, maestro de Francis Fukuyama (ver:«El fin de la historia»).

La obra de Samuel P. Huntington generó en su momento gran polémica entre diferentes grupo de intelectuales provenientes de diversas disciplinas; aumentando el desistimiento y el relanzamiento de la discusiones expuestas por Francis Fukuyama 1989 conEl fin de la historia. Occidente y sus naciones se enfrentaban a la cruda realidad de encontrarse con un triunfo sorpresivo contra las naciones y civilizaciones que sostenían  la “cortina de hierro”, las contradicciones del sistema capitalista y la organización occidental generada bajo los ideales Europeos de la Ilustración liberal que ante la ausencia de enemigos visibles hicieron tangible y reconocibles muchas de sus contradicciones como civilización, que en lugar de provocar una mayor integración entre las culturas occidentales, se produjo  resentimiento y odio contra los muchos que anteriormente habían sido aliados en una guerra dividida entre dos bloques (capitalistas vs comunistas).

Al tiempo que se anunciaba “El Fin de la Historia” como lucha de clases y se pregonaba triunfo de los sistemas democráticos para dirimir los conflictos, los políticos en sentido de Umberto Eco se podrían agrupar en dos grandes bandos, “los Integrados” y “los Apocalípticos”.   

Los Integrados utilizando discursos neutros y reivindicativos de las minorías, buscando en su momento la creación de acuerdos para la construcción de regiones políticas y culturales que ensancharán las fronteras de las naciones fortaleciendo las economías de gran escala al tiempo que replantearon crear nuevas instituciones para la organización internacional con una propuesta cooperativista basada en los supuestos de la aceptación de los Derechos Humanos, no sobra decir que dicho planteamiento siempre se vio influido y subyugado a los intereses del capital, por lo que el discurso “políticamente correcto”, aún y con su amplia aceptación entre las elites políticas no logró modificar los intereses de las élites que ostentaban el poder financiero y capital; creando células regionalistas que se oponían a la integración abanderado las diferencias culturales y raciales de las poblaciones, así llegamos a los “Apocalípticos”.

Bajo esos procesos de “civilización”, naciones como México se enfrentaron al reto de cambiar el discurso oficial de sus instituciones, dejando atrás al Nacionalismo Revolucionario cuestionado como  un discurso anquilosado y carente de sentido, fomentado por una cúpula política del PRI, educada en Estados Unidos, con el objetivo de dar lugar al discurso “moral e integrador de la globalización basada en los Derechos Humanos”,  para integrar en conjunto con Estados Unidos y Canadá un bloque comercial que en su intención inicial se pensó como una forma de integración regional.

Lo ocasionado visiblemente luego del TLC, EZLN, asesinato de Colosio y “n” cantidad de periodistas, más crimen organizado (estos últimos aparentemente principales beneficiados en la integración económica del subcontinente), fue en sentido de Samuel P. Huntington: “un país desgarrado”, que no alcanza a transformar sus instituciones y cultura individual al ritmo que exige la “globalización de la civilización occidental de Estados Unidos”, convirtiendo a México en una de las naciones “fracturadas”, que han perdido rumbo en la integración hacia la cultura económicamente dominante, por mutuo rechazo, en una relación entre ambas naciones de amor y odio que se remonta a episodios traumáticos entre vecinos de fronteras.

Estados Unidos no se convence aún de integrar a México como su igual, mientras que México en muchos sentidos se desvive por ser aceptado, integrado pero al mismo tiempo diferenciado del otro.

Estas debilidades las aprovechan los políticos como Donald Trump, quien en una carrera electoral por la reelección (que todo inicialmente comenzó como una broma), se apodera del discurso nacionalista norteamericano de una nación blanca, con una sentida xenofobia hacia a la diversidad cultural, que clasifica como enemiga de las costumbres y “gente de bien”, a quien no es proveniente de la “raza blanca europea”.

Tanto odio y amor acumulado: la Cuarta Transformación dice al mismo tiempo poseer un discurso Nacionalista, pero sus acciones se ven limitadas por el amor que tiene al ideal de integración regional. Por un lado quiere una nación aparte, pero en sus hechos por la dependencia económica hacia USA, sabe la élite de la 4T, que no se puede romper con el vecino del norte. México no se acepta a sí misma como nación bisagra entre las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica, pierde al mismo tiempo respeto y dignidad para liderar su región cultural Latinoamericana. No resuelve conflictos internos y la fractura económica genera resentimientos regionales que como en toda nación fracturada podrían profundizar la crisis y crear nuevas fronteras basadas en unidades culturales que distinguen a los territorios ahora de  México: entre ellos y los otros produciendo nuevas naciones.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero.
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